Las cosas nunca suceden como pensamos, o queremos o deseamos, o soñamos con que sucedan.
A mí me pasa por lo menos, que si pienso en un plan, el que sea, por muy sencillo que parezca, nunca llega a ser de la forma en la que nació en mi cabeza.
Es frustrante porque siempre tengo planes, siempre estoy conspirando para hacer, para tener un hueco en el que ser.
En el que ser yo mismo y ser feliz siéndolo.
Esta última frase no es mía, se la debo a Beckett. Bueno, en realidad le debo unas cuantas cosas, ojalá existiese un más allá en el que lo pudiera conocer y darle las gracias, pero dudo de que pase, porque esta gilipollez de “ojalá existiese un más allá en el que lo pudiera conocer…” se trata de otro plan, mental, y por el mero hecho de pensarlo y luego plasmarlo sobre el papel, lo aleja por completo de mi realidad.
Si tú eres de los que tiene planes y salen perfectos, es mejor que nos despidamos ahora, vete, sin rencores, felicidades por otro lado, tienes la suerte que se le ha negado a la mayoría de seres humanos, disfruta de tu suerte, de tus planes, de tus sueños, de tus pensamientos más íntimos plasmados delante de tus ojos con formas reales.
Por favor, vete, perdón, a veces me pierdo en la no educación, váyase a disfrutar de su felicidad, esto no le incumbe, no es usted de los míos, es una fiesta privada de seres frustrados y aquí no hace nada. ¡Váyase!
Gracias.
Si por contra eres de los míos, de los que fracasa en la ejecución de sus ideas, bienvenido. Este es tu hogar, yo te entiendo, y no voy a hacer nada, ni decirte nada de cómo solucionarlo; de cómo conseguir que consigas, valga la redundancia, el éxito. Te lo resumo.
El que nace desgraciado, vive como tal, y pocas veces suceden los milagros.
Pero un momento, ¿qué haces aquí todavía? Sí, te lo digo a ti, el “exitoso”, te he pedido con toda la educación de la que soy capaz de reunir que te marches… ¿no lo haces?
No, no lo hace, queridos frustrados, ¿sabéis porque sigue aquí? Porque le hace gracia que seamos unos desgraciados.
Sí, eso somos, desgraciados. Reconozcámoslo, no pasa nada, sintámonos orgullosos de ello.
Es mucho peor creernos mejores de lo que realmente somos. Yo, por ejemplo, sería un error creerme mejor escritor de lo que soy. No lo soy, sí lo fuese haría sesudas descripciones en las que la acción es que no hay acción, del tipo Vargas Llosa o casi cualquier mierda de las que aparecen en los estantes de miles de librerías, ¡yo que sé!
Así que el gran secreto de esto querido amigo-amiga-amigue, es reconocer la verdad. Y para eso basta con saber cómo funciona la vida:
Los que ganan, ganan a costa de los que muchos pierden.
Dicho lo cual, esto que ha caído entre tus manos, o que ha aparecido delante de tus ojos, es el manuscrito del cómo CASI (recalco lo de CASI en mayúsculas) logré ser un exitoso y no un desgraciado.
Ahora soy viejo, quizás no mucho pero cuando ya llevas casi 5 décadas o 10 lustros sobre la faz de esta tierra, puedes afirmar que ya no eres joven, y de eso va la historia, de cuando una vez siendo joven casi lo logré. Permítanme mis propias licencias y elipsis, pues contarlo todo sería como enfrentarme a una catarsis para la que necesito quizás otro par de décadas.
Y entonces, incluso, hay cosas que no podré contar ni siquiera.
Yo terminaba de entrar en el siglo XX, y tenía ante mí la capacidad mágica de conseguir todo lo que me propusiera….
Así empieza mi historia, ¿quieres leerla? Vale, pero mejor primero vas a casa del exitoso que aún sigue por aquí, le escupes a la cara de mi parte y le quitas mi manuscrito de las manos. Nadie que no fuese un perdedor debería leer esto.
Va por ustedes mis queridos perdedores.